ALBEDRÍO.

                                                                                                                     “La infancia, verdadera patria del hombre”.
                                                                                                                                                                                            Rilke.

En ocasiones te preguntas porqué te encuentras bien, porqué has elegido una forma de vida y un lugar.

El entorno pesa más que una corriente de pensamiento. Forjaste la idea  precisa de un entorno hostil.  El tránsito tiene que ver con la fuga de los lugares más poblados, de un ambiente familiar o social enrarecido y con encajar en algún pueblo o paraje, con desmantelar unos patrones y montar la carpa en otro lugar; está relacionado con la pausa y la errancia a la vez y con el deleite de hacer cosas, no con el trabajo.

Pero en realidad es una repatriación al territorio de la infancia.

En ocasiones es suficiente con percibir un olor o reparar en una  imagen para desligar los ataderos de los recuerdos,   las sensaciones del pasado,   los  estímulos y  de las tentaciones futuros que poco tienen que  ver con el cronómetro. Te has puesto de barro hasta arriba de nuevo y has recuperado el espacio errático.   Sabes que el otoño próximo recogerás frutos del bosque o bellotas y sembrarás algunas encinas aunque nunca puedas disfrutar de su sombra.

Te instalas en el interior de otro tiempo, por fin. Te tutelan los cambios estacionales, la refriega de los días,  la necesidad de comer. Como entonces, te interesan más las pautas de los juego. Siempre en el humbral de la imaginación.

Has relegado la mente analítica y te aplicas a observar de nuevo. (El niño -asustado o exultante- es testigo desde un rincón de los sucesos importantes de su entorno.  No pierde de vista nada de lo que ocurre alrededor.)

Ya no te desasosiegan los tiempos de espera, ni el despilfarro de las horas y te acomodas  al ritmo de las plantas o de los animales domésticos y a los lapsos figurados de sucesos  por llegar. Esperas menos.

Pero también esperas menos de todo. Anticipas  decisiones o cambias de parecer sobre la marcha y puedes enmendar o modificar el rumbo del día.  Celebras el libre albedrío. Concibes la razón última de la soledad del niño y entiendes  los  principios básicos de la curiosidad. A veces paras mientes en algún pensamiento o pasaje vital de ida y vuelta. Qué sensación de frustración cuando tenías que entrar en el colegio o en casa cuando  podías seguir en la calle, sin apremios. Ahora siempre estás fuera.

Pasa bastante tiempo hasta que se relajan las tensiones y las urgencias, las expectativas amenazantes de la caducidad y del acabamiento, del pánico.  Puedes esperar aún a sembrar o vas sembrando.

Cuando paras  y te detienes a pensar en tus industrias o en las decepciones y fracasos  la secuencia temporal se difumina y se le da menos importancia. La impresión que percibes de lo que queda por llegar es buena, singular.

Estás convencido de haber elegido un lugar privilegiado en el momento preciso.  Todos lo son.    ¿No tienes la sensación de estar en una posición única y  cargado de unos valores excepcionales?

Tienen que ver en tu vida menos personas.

Las coartadas, las frases hechas y las convenciones ahora son los nombres de las plantas o las labores habituales, o un paraje cercano, un animal. Estás entrenado ya, y estás tranquilo.

Cada suceso, caga signo de la naturaleza es un portento. Germina una planta, haces intercambios como entonces lo hacías con cromos, tabas, tebeos, canicas, horas… Las aves ocupan la casa en construcción anticipando una ruina lejana; nacen animales,  mueren y  esperas a que anochezca sentado, atento a las composiciones sonoras de la tarde en el huerto o en la puerta de casa. Te alcanza  la amanecida con un libro entre las manos.

A cielo abierto la duración es el  obsequio más preciado de los dioses.

Un niño en la calle. Pasas la mayor parte del tiempo buscando lo que te satisface, el placer de los intervalos y demoras.   Restauras aquellas destrezas olvidadas de subirse los árboles, jugar hasta el agotamiento sin más elementos que una pared y una pelota instalado en  el vagabundeo contumaz,  la curiosidad infinita,  la emoción de  atender a las cosas en movimiento;  vas descubriendo,  como si de una  tablilla de barro se tratara, el estilo peculiar de un amanuense que te resulta muy familiar,  entiendes la profundidad  y la complejidad del trazo.

Las cosas son más sencillas.

Ya no es preciso que te bañen en un barreño galvanizado para sacarte la roña de los tobillos, los codos y las rodillas con estropajo y piedra pómez, claro,  ni que te quiten las espigas de los calcetines, que te saquen la  tierra de las zapatillas, ni que te remienden un pantalón raido o que te llamen para ir a cenar; no es necesario que te curen las heridas.

Te pertrechas con estrategias y recursos intuitivos para no tener que adoptar modelo  espiritual alguno: la vida campesina es una categoría primitiva, esencial.

Apenas queda ya algo de la servidumbre de la genealogía, de la expiación de los yerros,  de  algunas obsesiones  letales. La mayor fortuna del hombre es el libre albedrío.

Quizás todo esto sea un error, un disparate,  pero estás de suerte: aquí puedes  atisbar lo es ser viejo.

Salud

Se metió en casa.

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2 respuestas a ALBEDRÍO.

  1. Empezaré dándote las gracias por lago muy simple, todo lo es, a partir de ahora, cuándo alguien nos vuelva a preguntar esos famosos “¿porque?” o “¿como habéis llegado hasta aquí?” (lugar terreno)… los enviaré directamente a este post.
    ¿Error? ¿disparate? no, hombre no.
    El gran secreto consiste y como bien dices, en “montar la carpa en otro lugar”. Aquí, eso es cotidiano, como también lo es, ver al turista, ávido de sensaciones, escuchar al nómada sedentario, explicando que sus orígenes, eran nómadas, que sus ancestros recorrían el desierto en busca de pozos y naturalmente, el turista, ávido de sensaciones, plasma el momento en su aparatejo que fue creado para hablar en larga distancia y que ahora también sirve para tirar fotos.
    ¡Los ancestros del hombre azul fueron nómadas! ¡piensa el guiri fotógrafo! ¡Coño! (perdón) igual que los nuestros ¿que es el hombre si no?
    Y sí, compartimos plenamente contigo: “La mayor fortuna del hombre es el libre albedrío.”
    Un placer seguirte

  2. Viñalarga dijo:

    “Estás convencido de haber elegido un lugar privilegiado en el momento preciso. Todos lo son. ¿No tienes la sensación de estar en una posición única y cargado de unos valores excepcionales?”

    Eso que dices sólo lo siente la gente privilegiada y todos no lo son. Lo tuyo es la filosofía, amigo.

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