SALAMANCA

Salamanca es otro vicio solitario. Me he acercado a la ciudad castellana para hacer unas compras. Subyugado por la molicie consumista me he encaminado hacia la Calle Toro a dejarme llevar por los paseantes con bolsas y paquetes con roncones. Tenía algunos títulos anotados a los que quería echar un vistazo.

He pasado por la Librería Cervantes. Había cola hasta para preguntar. Normalmente los libros se apilan en estanterías, escaleras y pasillos de modo que, con tanto personal, no se podía uno ni revolver. De manera que he subido a las plantas superiores dedicadas a los temas científico-técnicos, universitarios, etc,  para preguntar por libros sobre gallinas y el librero, muy ufano, ha señalado un rincón donde había media docena de títulos. Tenía hasta una banqueta a mano.

Lo más interesante un manual de la editorial Omega. Una novedosísima edición de Guía de pollos y gallinas de Gail Damerow. La Biblia de la cría de gallinas, me imagino. Los manuales de la editorial Omega suelen ser traducciones de obras inglesas, y barren para casa; ofrece muchas referencias a las razas autóctonas, pero me ha parecido, “a vuela pie”, que está bien estructurado; no deja ningún palo sin tocar y está prolijamente ilustrado. (Prefiero el dibujo a la fotografía en muchos casos. Las fotografías suelen ser malas en este tipo de manuales y los colores están desvirtuados. Gráficos, programas de vacunas, alimentación o instalaciones. Casi treinta euros. No me parece caro cuando cualquier novela o novedad de doscientas páginas cuesta ya veinte euros. En verdad, por lo que visto, la obra es bastante completa y tiene la ventaja de que se puede consultar sin tener que encender nada, ni leer información sesgada o escuchar voces inexpertas sobre cuestiones básicas o profesionales de la cría.Intentaré que alguien me lo regale.

Justo al lado había otro librito: Cría de gallinas, con el sublime subtítulo de “Las mascotas del siglo XXI” y debajo “Para criar gallinas en tu jardín” o algo así. Nunca hubiera pensado en unas nuevas perspectivas desde el bricolaje o como animal de compañía para estos menesteres. Todo es proponérselo. Supongo que habrá ya en el mercado correas multifunción para aves y lotes de bolsitas en oferta para recoger las caquitas cuando se saquen a pasear.

Abajo en el “patio de butacas” la situación era crítica. Los libreros estaban muy nerviosos, supongo que por no estar acostumbrados a los tumultos o por las exigencias de los clientes. He consultado el cuaderno de notas bajo la escalera, frente a la sección de poesía y al meter la libreta en el bolsillo, uno de los libreros me ha echado una mirada heladora, pensando que le estaba robando algún libro. Esto me pasa por irme de compras en fechas tan intempestivas.

De vuelta  hacia la Plaza Mayor, pensando en dejar para mejor ocasión mis requerimientos de información, he comprado la prensa y me he refugiado en Musicarte, un minúsculo café situado bajo los soportales de la Plaza del Corrillo (¡qué nombre tan significante!) y que paradójicamente siempre tiene algún sitio libre. Parecía que empezaban a caer unos copos de nieve. Café descafeinado (qué remedio) y un trozo de tortilla con calabacín, templada. Un chupito de licor.

El desayuno.

Martes 3 de enero de 2012 Año XXXVII Número 12.610. EDICIÓN NACIONAL Precio: 1.20 euros.

Ya no puedo con la prensa, el escaparate de la avaricia y, casi siempre, de la impunidad: “Salidas invisibles” de fondos a Belice. 470.000 euros. (Y luego van y dicen que paguemos dos euros por el paracetamol). No se descarta la subida del IVA en marzo. Moratoria de un año para la ley de dependencia. En letra más pequeña, abajo: un chalado tira cohetes para que los norteamericanos vean sus estelas, ahora en navidad y “simula” el cierre del Estrecho de Ormuz. Mensajes dobles o triples para la interpretación de occidente.

Para sacar la Plaza se necesita un "ojo de pez". Está es una perspectiva clásica.

La barbarie está en la segunda planta de nuestra comunidad de vecinos. En la masía vecina, al final de la calle, en el adosado de enfrente. Apenas unos días de este año nuevo, una mujer muerta por obra de la ferocidad humana. Pienso, mirando el ajetreo de la calle desde  el café, en el miedo de otros miles, de otros millones de personas atrapados en una trinchera enfangada, en el dolor. ¿Quien limpia la mente de los efectos de la tortura que ejercen los países  llamados civilizados? No puedo con la prensa.

Página 33. Sociedad (¿) “Una afgana de 15 años es rescatada de las torturas de su familia” Encerrada durante medio año por negarse a prostituirse. Palizas de sus tíos… Dice la nota de agencia que intentarán recuperarla “poco a poco” en la India. Pero ¿quien se recupera de un trato semejante? El mundo es una avenida ancha de edificios en ruinas, una corredera transitada por los abusos, ocultos o no, retransmitidos o no, publicados o no, sobre los más débiles. Las mujeres y los niños son los principales blancos. Violencia nada gratuita. Temor, sospecha, desesperación, locura. Tengo para mí que la educación nunca ha podido aliviar tanta ignominia.

El olvido punible de los postergados no es un asunto nuevo, pero a lo largo de la historia nunca se ha hecho tanto, ni tan sibilino daño a tantas personas. Cada día se difumina aún más, entre escándalos y soberbia, el ensueño de justicia y libertad.

No podemos fiarnos nunca de los poderosos.

Escucho la radio por la noche, ya en casa: un psiquiatra, reflexionando sobre la maldad y sus corifeos, comenta que en psiquiatría se consideran inapelables dos tipos de criminales: los enfermos esquizofrénicos y los hijos de puta.

La maldad es inherente al hombre. No es un accidente, ni una cuestión cultural, ni se le da respuesta exclusivamente con formación. Precisamente un arcaico y desviado enfoque educativo nos carga de mala conciencia.

Me gusta Salamanca. Es una ciudad venerable, acogedora, abierta. Y pequeña.

La calle es el color de la piedra arenisca de edificios históricos y fachadas modernas, es el matiz áureo de un constante atardecer.

Textura de la piedra.

He atravesado por enésima vez esta mañana La Plaza Mayor y algo había cambiado otra vez. No hay dos momentos iguales en el ágora. He salido a la Plaza de la Verdura donde está mercado. Una verdadera fiesta. Si tienen la ocasión de recalar en la ciudad inclúyanlo en sus visitas monumentales. El edificio con sus nervaduras de hierro es ligero y diáfano. Frutas y verduras, carnes, pescados, chacina y el pan, pan castellano bien “metido” en harina candeal. No lo dejen para la tarde que no hay nadie.

Hay quien, al visitar una ciudad o un espacio singular, pretende -quizás sin ser muy consciente de ello- encaminarse a la zona más alta, para observar e intentar dominar el entorno. Yo me meto en los mercados, donde se aprecia el genuino pálpito del lugar. En el carro de la compra está el pensamiento de los habitantes y en la cara de los comerciantes la lógica de lo cotidiano. Salamanca es como la palma de la mano y está todo a un paso.

Siempre que el aforo me lo permite como en El Bardo. Un restaurante sin ostentación situado frente a La Clerecía y donde, desde hace muchos años, comen estudiantes, trabajadores de la zona y turistas despistados. Dos menús: uno convencional y otro más o menos “vegeta”. Tres platos cada uno.  Me decanto por la crema de coliflor, el arroz a la cubana y creppes de champiñón. Postre o café. 12 euros.

Otro día les hablaré de las sirenas de la ciudad.

Cuando regresaba al coche me he metido a ver una exposición de relojes donados a la ciudad por un coleccionista privado. He salido rápido. Algunos relojes funcionaban, a pesar de tener más de ciento cincuenta años. Ahora me doy cuenta de que no me gustan los relojes y aún menos parados. Parecen ser objeto de un fetichismo neurótico. Esos momentos eternos que en ocasiones vivimos no se encuentran metiendo un reloj en un fanal, en una urna de cristal o coleccionando cosas. Parece que haya vivido toda la vida en Salamanca.

Que manes y penates, afanosos lectores, les sean propicios en este inicio de año. Salud.

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