UNA NUEVA ENTRADA en la que se da cuenta del padrón pormenorizado de las aves del corral, toda vez que pasó el verano y se va dando fin a la temporada de puesta, con otros no esperados trabajos, sucesos y detalles dignos de ser contados.

  Improbable  lector.  Pasó también el verano y, mirando como adecentar  el corral y aledaños, se me ha ocurrido preparar unos metros de huerta, para seguir experimentando con las plantas hortícolas.  Siempre pensando en currar lo menos, claro.  Poquita cosa y de capricho para poder atenderlo diligentemente.

 He abierto una tierra oscura y apelmazada durante muchos años con una media horca encontrada no sé dónde.

     Me gusta envolver una buena ración de compost con la tierra en otoño.  La intemperie se encargará de integrarlo una vez tapado.   Me he acercado a un pueblo cercano para cargar unos sacos de estiércol bien curado y suelto. Humus, ya,  de primera categoría por la más que suficiente colaboración del paso del tiempo  y la meteorología para conseguir el renuevo del sustrato.  En sucesivas capas algún vecino ha ido ha ido acumulando  durante años gallinaza y camas de alguna cuadra;  pasada la canícula era el momento de ir a recoger el compuesto antes de que se hiciese más pesado con las lluvias otoñales.   Ésta es una forma de  proceder, por otro lado,  tan común que encuentro  con relativa facilidad  montones de estiércol en distintas fases  de descomposición.  O lo que es lo mismo  -para lo que a mí me interesa-  suelen  ofrecer  distintos estadios del proceso de compostaje.  Atiendo al grado de humedad,  observo  los indicios de las materias que los componen  y evidencias de su completa integración.  Suelo fijarme en el color, la textura…

No hago composteras al modo canónico por vago e impaciente,  pero reintegro a la tierra todo lo que el sentido común me dicta siguiendo algunas pautas de la agricultura biológica,  dejando hacer a los ciclos naturales o atendiendo, respetuoso, los consejos de algún campesino nonagenario.  Mis prácticas para conseguir un  compost  equilibrado consisten en  buscar  entre los depósitos de estiércol de la zona para seleccionar los más “pasados”, de  modo que voy  recogiendo y reservando en un rincón de la huerta  las partidas que más me interesan. Acumulo, como las hormigas, restos vegetales de variada procedencia (sobre todo leguminosas),  heno  u otras barreduras. Así mismo incorporo gallinaza del corral, cenizas,  etc.  En verano recojo los cagajones secos de las vacas en los prados cercanos. Con la humedad del  otoño, todos los procesos biológicos de degradación se  aceleran  y puedo encontrarme de una forma más o menos permanente con un abono de calidad.

Vista apacible del corral.

Viene al caso este preámbulo porque, como las gallinas van dejando de poner, tienen que ganarse el pienso que se comen y las he puesto a extender y repartir el compost.  Pero  han improvisado  una  huelga de celo. (No valgo como patrón.) Se han puesto a escarbar y removerlo tan frenéticamente,  que ni con el rastrillo  hubiera dado yo tan buen fin a la tarea.  Según se me trasluce,  ha sido un regalo para sus mollejas.

Me he sentado en una lata vieja, después de cavar un trecho, a observar a las gallinas. 

Veamos. Me quedan:

Las damnificadas de las incursiones  de la vulpes vulpes  que, tras una larga terapia de psicología de corral, han recuperado el tono y la presencia de ánimo.  Son las barradas que muestran su papo*, presumidas, tras el atracón vespertino.

Las barradas.

     La castellana negra. Es increíble que, de nueve ejemplares que compré en Valladolid, sea la única superviviente, junto con un  macho que hace méritos para gigoló.

La castellana negra.

     Está también por aquí Malgenius.  El gallo que compré al boticario sale el primero del caseto donde las guardo, bajando las alas con un aire un poco canalla, no sé si para impresionar a las gallinas o porque está así de mal hecho. Tiene comportamientos en verdad cómicos.  El caso es que me recuerdan a Groucho  Marx abordando a las mujeres exuberantes de sus comedias; de negro, con reflejos metálicos esmeralda, parece vestir un frac emplumado que le quedase demasiado grande.  Como el cineasta genial, se las lleva de calle y ataja a las más pavonas.  Un poco loco está.

Malgenius

     Elanus, el gallo castellano que ha sobrevivido, sí que vale para la pasarela. Esbelto,  con la fisonomía propia de su raza, diligente, altivo, escarba junto a las demás gallinas como si bailara con un coro encrestado, para descubrir la pitanza.  Remueve cada ave su trozo de sombra, se retira y vuelve  a picotear en busca de insectos o semillas para, enseguida  desplazarse un poco y empezar de nuevo. 

             Un pasito “paralante”, mi vida. Un pasito “paratrás…”

     Si acaso cierro el portillo que da acceso al herrén,   se sube al tejado moruno del vecino o a las paredes de la casa en ruinas del cura, . Canta jactancioso intuyendo la presencia de algún gato.

Elanus, el gallo vetón

     Picotean aún juntas las cuatro hermanas de la última covada. Han pasado desapercibidas todo el verano. Son el resultado de los tres huevos de una castellana y otro de una barrada, fertilizados por alguno de los gallos.   Ésta última va manifestando las mejores características  morfológicas de colorido  y tamaño  de su madre biológica.

     Queda en suspenso el repertorio, que me enredo y no quiero cansar al improbable lector, ni contravenir la norma no escrita de la brevedad en la edición de post.  Salud 

*Papo: Buche, papada en puridad  y a diferencia  de lo que vulgarmente se suele entender por tal.
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