CONSTRUIR.

Ya empieza a formar parte del paisaje. La casa. A diferencia de los campesinos que construyen, yo sí me pregunto sobre las circunstancias  de levantar una morada.

Lo tenían claro, entonces, cuando se formó el pequeño anejo. Aún lo tienen claro; incluso los que se fueron a vivir a la ciudad y han vuelto para hacerse un piso rosa en el lugar en el que  durante muchos años se erigió la casa del abuelo.  Una  parte de las casas han sido remodeladas  o son una ruina.  Han tenido un conocimiento intuitivo del espacio.  No hay quien modifique un ápice las manías de los habitantes de estas tierras.

Necesitaban techo y el modelo es bastante explícito en toda la comarca.   Los muros son de mampostería bronca recogida del monte cercano o sacada de canteras improvisadas.  Los vanos son pequeños para evitar la entrada del frío en el duro invierno o el calor en el verano; eso sí en la medida de las posibilidades de sus habitantes recercan con piedras labradas cercanas al sillarejo, como las esquinas, que refuerzan la estructura de los amplios muros.  El granito es la piedra de la duración.   Yourcenar habla en algún lugar de la amistad de las piedras y J Berger las acerca inteligentemente a la idea de resistencia.

Si una casa no pierde su cubierta, no se cae aunque sus piedras estén fijadas con barro o simplemente “a hueso”.   Los tejados   se serenan, tendidos a lo largo de casillas, pajares, teñas o payos con un ritmo elegante y solidario. Techumbres de pendientes  no  muy pronunciadas y que cobijan varias viviendas.  Es turbadora la sensación de quietud de los muros y  la movilidad de las cubiertas de teja árabe.  La construcción se repite. Una o dos plantas con “sobrao”, cocina, habitación principal, dormitorios y en casi todas,  alcobas  (pequeñas salas anejas a las habitaciones de pequeño tamaño y que solucionan la falta de luz.)   Algunas  cuadras pegadas e independientes.  (He visto  casas muy humildes en las que los animales convivían con las personas y la única separación entre hogar y establo o pajar  era un simple zócalo de madera.  A un lado la mesa,  las sillas, un par de tajos, un escaño y la alacena. Al otro los pesebres.   ¿Quién da calor a quien? Recuerdo con intensidad el color vivo del  añil que conservaba alguna de las paredes y el blanco sucio por las telarañas. ) La chimenea construida con barro y ladrillo tosco, con el lar en suelo constituido por una gran losa y otra perpendicular adosada al muro.

Y el patio. El sueño de todo urbanitas con idea de comprarse “una casa en el campo”.  El patio es la consecuencia de la necesidad de espacio para las labores diarias, la acumulación de leña  o el territorio de las gallinas.

Aquí  la arquitectura  se vale del rumor del agua.  Pronto el pueblo será otra vez ese olor esencial a madera quemada.  Cómo en estos años ha ido desapareciendo de los pueblos  esa mezcla de olores humanos y animales.  Pueblos museo, pueblos hoteles, pueblos diseño.   Pueblos olvidados  de otros, pero no de sí mismos.

Extraordinarias solerías de las callejas.

Hay pueblos que nacen porque los hombres tienen que proteger a los animales  de la intemperie y de otros animales.   Hoy sus pajares son vientre abiertos  llenos de olvido.

Ya lo pensó algún arquitecto: sólo piedra, el barro, la madera y la teja: imagen arquitectónica del silencio.

En ocasiones, cuando el pueblo esta vacío -como  otros de la zona-  escudriño entre los cascotes, los trozos de teja, la madera podrida y las ortigas.   Aquí no hay… sólo el tiempo detenido y la naturaleza paciente.  Me gusta frecuentar la arquitectura  de la ruina y el abandono.  Imagino fragmentos de conversaciones,  como Rulfo.

Con trazos gruesos se dibujan los límites entre las huertas, el monte, y casas perimetrales.

Un horno  en forma de semicúpula con chimenea por cada casa.  Son muy comunes  las desproporcionas jambas  y dinteles de las puertas de acceso a casas, corrales y pajares. Esas piedras denominadas “tranqueros” suponen un esfuerzo y dedicación propios de otro tiempo.     Impresiona  en muchos casos la tracería de muros y hastiales, con piedras perfectamente encajadas sobre la mejor cara y pacientemente acuñadas.

Hay que fijarse mucho para localizar algunos pueblos desde lo alto de la sierra.  Se intuyen las parideras en los altozanos,  los almiares. Cuando se está cerca llaman la atención el alabeo de la tejavana  o algún tejaroz a punto de caerse.  La cuerda de alambre con ropa de trabajo tendida a la solana.  Me siento  en algún poyo  a la sombra, ¿espero que alguien aparezca?

Esa chimenea de ladrillo no  aguantará este invierno.

El campesino es conservador y construir es una cuestión estrictamente utilitaria  y doméstica. Cargaderos ciclópeos, ménsulas de piedra para sujetar balcones y solanas.  Espacios oscuros y ocultos,  guardianes de secretos inconfesables.

El cantero prepara las  piedras clave para una casa trabada con la tierra, prendida en  la roca viva.  El humilde  estereótomo… indaga.  Barro, cuñas, ripios, narrias, sogas.  El olor de la cal. La pureza de lo que se empieza.

Yo la pienso como un suceso revolucionario, a medio camino entre la tradición constructiva  popular y la técnica.  El placer de construir tu propia casa.

Una imagen de la cocina  habitada surge de forma súbita, con los basares llenos de botes y utensilios. El hogar encendido cada mañana para cocinar lentamente.

Hay una forma de encauzar esta experiencia y hacerla irrepetible, única, por medio de intercambios equilibrados entre el entorno que recuperas y la conciencia del empleo de  los materiales.

La casa en construcción ya es  un estado de ánimo, un territorio amable para los que, como yo, no encontraron acomodo en otros lugares.   Está en ésta comarca al pie de  la montaña, pero no tiene una extensión precisa,  es una experiencia fronteriza como la intersección de la biosfera en el espacio exterior, como andar desnudo por el bosque, junto al río  a media tarde…. incertidumbre y placer.  El  final  del verano templado y fecundo, acompaña.

Me amparo en  la naturaleza, los pueblos y sus casas increíbles y copio,  recojo sus pecios como chispazos  de maestría, minuciosidad y sencillez: piedra, tierra, ladrillo olvidado,   canales, cobijas, y paciencia; pedazos  de tiempo  en los que  se labró una puerta, o el gesto del maestro  tejero al marcar su mano en el ladrillo.

Casi imagino la vida de otro, tumbado mientras espero que se enfríe el café, con algún libro en la mano, recuperando un viejo banco para hacer un escaño para descalzarse en la entrada…

Voy recuperando la madera centenaria, vetusta y recia para los cuartones en los derribos de otras casas.

Muros de luz. Casa abierta.  Morada.  Naturaleza.

Observo el espacio que ocupa la luz procedente del ventanal y que desemboca a mitad de la pared, junto al sillón.  Leo en el cuaderno de notas: la estufa requiere para  el tiro un hueco amplio y coronar  la cubierta con un anillo metálico para aislar los materiales combustibles  del calor.

Hay algo extraordinario en la construcción de la casa. Pocos momentos hay tan emocionantes como aquel en que se empieza  a construir, para luego enjambrar pequeñas descargas de adrenalina.   Tengo que mirar la mezcla de la ceniza y el yeso.

El villorrio como un galápago tendido al sol pronto hibernará.  Es la vida evidente e inmediata.

“En la arquitectura reproduces un paisaje artificial, y con la luz, controlándola sobre las paredes crear una geología artificial”

 

“El desafío de hacer algo hasta el final de manera, no sé, me encela.”

Juan Navarro Baldewerg

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2 respuestas a CONSTRUIR.

  1. robin dijo:

    El desafío de hacer algo hasta el final…
    Te deseo toda la suerte que puedas atrapar.
    Yo…me hundo.

    • Paracelso dijo:

      Soy hijo de albañil y algo habrá quedado para poder hacer una” teña” donde meterme. Al menos esto si quisiera terminarlo. Solo es ponerse y cuando uno se cansa o se desanima, se detiene, para continuar cuando el tiempo, el animo o el dinero lo permita. Me puede la curiosidad y estoy metido en tantas cosas como sucesos y actividades me van saliendo al paso. Salud.

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