Leyendo la cartilla.

Me he despertado de madrugada, asustado.   Con un miedo antiguo, profundo.

Improbables lectores, he adoptado un huerto, tengo unas pocas gallinas, tengo delante montañas silenciosas e intento recuperar el ritmo ceremonioso, ya distante,  de la comunidad campesina  y de su habitar, pero es una severa indiscreción hablar con tan escasa autoridad de los secretos de estos lugares y de lo que aquí ocurre;  comento una profunda injusticia al describirlo de forma tan superficial.  Son inútiles reparaciones.   Tantas salas abiertas que ya no necesitan techo y  los horizontes de encinas buscando el renuevo de las estaciones…    Es arrogante escribir sobre todas estas cosas,  como consecuencia del resquemor narcisista y de la querencia a llamar la atención.  “Deja todo esto en paz”, pienso.  Son, en ocasiones, descripciones  alejadas de la realidad, cuando no sesgadas por  el corretaje de mi vehemencia o por la literatura.  Alguien dijo que te sientes de un lugar cuando dejas de escribir sobre el.

Me voy “leyendo la cartilla” y las mas veces el apresuramiento que contraje en la ciudad aún  me confunde y me convierte en un charlatán.  (La ciudad es una madre vieja que amamanta a una progenie insaciable.)  Abuso de la palabra.

En tiempos en que todo se exhibe, de deslealtad e impostura, un espacio virtual  corre peligro de convertirse en un burdo sicario de la publicidad y el proselitismo.

Afortunadamente el día no da tregua para sentirse solo.  La transición aún no se ha completado.   Salgo de la noche cerrada abandonando una oscura bruma. Y cada día es una nueva tentativa.

Esta vida imposible es lo realmente serio, como la madre del río cercano, como “el  lecho que ocupa el agua en sus crecientes  regulares”; aunque se sale de su álveo natural con frecuencia, siempre vuelve a su manso ruido.

¡Cómo el esplendor de la naturaleza realza la sencillez de la vida!  La clave del rito de paso está en la cotidianeidad y ésta no tiene interés ninguno para los demás.

El tiempo me  acuna  hasta una lasitud imperceptible aún; me adopta sin recelo, pero es primerizo conmigo y me pierde entre sus miembros difusos y angulosos.   Salud.

Mi vecino a lo suyo

Los surcos perfectos. La tierra franca y suelta.

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4 respuestas a Leyendo la cartilla.

  1. robin dijo:

    “Deja todo esto en paz”…estos últimos días han sido duros para mí. Estas palabras me han rondado el cerebro tanto, tanto…pienso que debería hacerlo. Pero me entra una tristeza tan grande…
    Deja todo esto en paz….y no quiero llorar más. Qué hago, Dios mío, qué hago…leerte.

    • Paracelso dijo:

      Total que es inviable. Ahora quiero hacerme una casa; llevo recuperando materiales por la zona bastante tiempo: madera, ladrillos de doscientos años o más, madera, piedra del monte cercano. Qué contradictorios somos. Esta actividad frenética, catártica tiene que tener sentido. Quiero ir inaugurando la sección sobre arquitectura y construcción en el blog. Salud, Robin.

  2. alberto dijo:

    Qur bonita musica tiene que tener tu vecino , con el ruido del apero removiendo el suelo, y los pajaros en los alrededores poniendo una nota musical, con todo el tiempo por delante sin la premura del reloj, solos el animal y humano buscando el surco sin prisa, con una paciencia y cariño en lo que se hace.

    • Paracelso dijo:

      Es una gozada ver a los animales trabajar con esa precisión. Ya me están diciendo que tengo que hacer un “master” en Manejo y dirección de animales de tiro para labranza de huertos biológicos” En pocos sitios se trabaja ya con burros. y son verdaderamente eficaces y precisos. Si consigo graduarme las labores del huerto serían menos penosas y podría sembrar otras plantas para las gallinas, o leguminosas para vender. Salud, Alberto.

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