Días de huerta y regadera.


Siempre hay formas de encaminar la experiencia y hacerla irrepetible, única.

Estos días la actividad es frenética. Nadie está para nadie.

Parece  que los problemas surgidos a última hora con la regadera  van a poner en riesgo , de nuevo, algunos cultivos.

Había convocatoria en el pueblo para acabar de limpiar el canal de 14 kilómetros que nutre toda la ribera.  Nunca había acudido. La desorganización maliciosa  y los intereses particulares hacen de su gestión un verdadero desastre.  Si no se regula la comunidad de regantes,  cada uno campa a sus anchas.  Insiste alguno que en tiempos se presentaban ciento cincuenta vecinos.

Pasada la primera quincena de junio y aún si agua. No lo entiendo.  Se da el agua cuando quieren unos cuantos; al parecer se humedecen  en demasía algunos terrenos  por las filtraciones  y perjudica, primero al cereal y luego a las judías, sin pararse a pensar que más adelante hay otros regantes con otros cultivos en precario.  Los mayores y los no tanto, ignoran a los forasteros en cuanto a cualquier tipo sugerencia, y las conversaciones al respecto están ahítas  de pliegues  y medias verdades, de modo que no voy yo a acudir a ayudar a sacar el trabajo a unos pocos mal encarados.

En realidad yo riego como los demás y, aunque la huerta no es mía, este año no he podido eludir la leva.

La mañana ha sido dura pero la conversación, el conocimiento desde dentro del trazado de la regadera, el descubrimiento de  nuevas perspectivas de la zona y de lugares sorprendentes  por su sencillez, han hecho que el esfuerzo mereciera la pena.   Pequeñas sorpresas  naturales o arquitectónicas y la sensación de ser observado  por los  humildes dioses vettones  han ido haciendo la faena más llevadera y grata por momentos.

Me han colocado en la cuadrilla del ex alcalde y algún anciano aún en activo. Topónimos, historias de litigios, tecnología popular, reparto de recursos, la tracería de las piedras encadenadas sobre el terreno,  vidas enteras, han ido pasando a lo largo de los cuatro kilómetros que aproximadamente hemos despejado.

La regadera ha quedado limpia y se han ido tapando los aliviaderos que quedan en  invierno para evitar que se inunde por las avenidas de las tormentas o los arroyuelos tributarios.

La sorpresa estaba al final: las riadas de este invierno se han llevado  la presa que eleva el agua para que entre en la regadera.   Restaurarla es un trabajo complicado. Se necesitan bloques de piedra con peso y forma precisos para evitar nuevos derrumbes.  A todo esto hay que añadir la dificultad que provoca  la fuerza del agua en esta época del año.  La reunión final ha sido un cúmulo de reproches sobre la forma en que se hizo la última vez, los medios que se emplearon y los costes.

Se ha quedado en retener el agua del Tormes “como sea”  (piedra, madera, sacos terreros) y para el próximo  otoño acometer las obras necesarias para recuperar la presa.  Hace falta maquinaria pesada que asegure una buena cimentación  y una estructura suficientemente sólida.

Las patatas, las judías aguantan bien la falta  de agua (no obstante disminuye el rendimiento),  pero otras plantas, como las solanáceas, las raíces como remolacha o zanahoria o las cucurbitáceas lo pasan realmente mal.   Por aquí el ciclo de las hortalizas es muy corto y cada día es un tesoro.   Este año apenas he tenido tiempo para mantenerlas húmedas con garrafas llevadas desde los pilones y lo han notado. He perdido algunas lechugas, y las remolachas están lacias en el suelo.  Volveré a plantar algunas cosas para este otoño.

El panorama desde el cauce seco de la regadera es espléndido y al mismo tiempo desolador. Se suceden huertas rectilíneas, limpias y dispuestas a dar el fruto, con otras -la mayoría- completamente perdidas, prados segados hace unos días o ”instalaciones” de alpacas y royos precintados de heno.

Los matices de los  colores pre-veraniegos de la siega o de las plantas y el bosque de ribera o el cachondeo y la socarronería del momento  deben activar  el gen que estimula las ganas de quitar hierbas. ¡Que cosas!

¡Cuánta riqueza ha dado esta ribera!, pero ¡cuánta penuria!  Cientos de miles de kilos de patatas y judías que han evitado que la despoblación fuera completa.  Días eternos de trabajo duro. Me hablan del esfuerzo personal de cada individuo con nombres y apellidos y de las hazañas titánicas para hacer la obra prácticamente sin medios, con pasaderas ciclópeas, trincheras imposibles para hacerlas a mano o el acarreo de piedras desde las canteras cercanas con carros o narrias para encauzar el agua  y sujetar desmontes.

Hemos ido despejando zarzas, cortando ramos de jara, carrascas y sacando pequeñas acumulaciones de arena formadas durante el invierno.  A cada paso, Primitivo, me ha ido ofreciendo huertas de sus primos,  ciertamente tentadoras para trabajarlas.  Me quieren muy mal. Como si yo, únicamente con mi curiosidad y los comentarios que hago sobre todo esto,  fuera a solucionar los problemas de decenios de abandono.  Les sorprende a algunos mi curiosidad y acaban por valorar -de forma  únicamente personal- la colaboración de un vecino ajeno a los clanes “pata negra”.

Se pierden cosas con esta generación de campesinos entre los 70 ó 90   años.  Alguno comenta que cuando  vayan faltando se olvidarán nombres, topónimos, apropiaciones indebidas de los “corre-lindes”, abusos o gestos fraternales.

Mañana  agroetnológica, si se me permite el término, o ogroarquitectónica o agrocomunal.  Me da lo mismo.  Quizás  haya sido esto,  de nuevo, una llamada de atención  inconsciente sobre las consecuencias antropológicas de la extinción  de este universo.  Cada unidad natural, cada casa, cada suceso representa un modo de ser y un modelo de conciencia que expiran.

Hoy no tengo  a mi alcance otro medio más eficaz que la enumeración, la sucesión de nombres, eventos pasados y presentes, objetos, sensaciones… para dibujar estos días. Perdonen mi falta de pericia. Pero están las fotos.

Como dice M. Vicent ,un blog  “puede ser una trampa mortal, pero también supone alianzas y la inmortalidad”.

Aquí quedan esas cosas, improbables lectores.   La red “multiplica exponencialmente la idiotez humana”, como apunta E. Lledó, pero creo guarda secretos, tesoros, como vasijas de barro visigodas -siempre por desenterrar-  llenas de sueños, ternura y alteridad.

Amanece. Me voy a regar un poco. Y a sacar los pollos al sol. Salud.

Doblando el espinazo

La partición de una tercera parte de las aguas bajo multa.

Entrando a la sombrita

   Una pasadera con fundamento

Entutorado de algunas judías de enrame.

Los girasoles gigantes

Una piedra caballera imperturbable

Huertas limpitas.

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4 respuestas a Días de huerta y regadera.

  1. antonpercal dijo:

    Se lee y se ve un trabajo duro y complicado, pero las imágenes del final, con esa huerta impecable, dejan buen sabor de boca. Ánimo con la faena y los vecinos, y suerte con el agua.
    Saluz!

    • Paracelso dijo:

      Parece que se va solucionando el tema del agua. Han colocado grandes bloques de piedra y el agua empieza a entrar En dos o tres días llegará por mi zona. Quiero acercarme un día al lugar donde se capta el agua. Salud.

  2. soulportrait dijo:

    Pues sí, vaya faena, me encanta el lugar, Paracelso. Y que huerta chula que tienes también.

    • Paracelso dijo:

      Al final merece la pena. Ver cómo se inundan los surcos con las plantas sedientas es un alivio. Espero que no haya afectado mucho a las patatas. Salud.

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