“Leyendo la cartilla.”

Me he despertado de madrugada, asustado;  con un miedo antiguo, profundo.

Improbables lectores, he adoptado un huerto, tengo unas pocas gallinas, tengo delante montañas silenciosas e intento recuperar el ritmo ceremonioso, ya distante,  de la comunidad campesina  y de su habitar, pero es una severa indiscreción hablar con tan escasa autoridad de los secretos de estos lugares y de lo que aquí ocurre;  comento una profunda injusticia al describirlo de forma tan superficial.  Son inútiles  reparaciones.   Tantas salas abiertas que ya no necesitan techo y  los horizontes de encinas buscando el renuevo de las estaciones…    Es arrogante escribir sobre todas estas cosas,  como consecuencia del resquemor narcisista y de la querencia a llamar la atención.  “Deja todo esto en paz”, pienso.  Son, en ocasiones, descripciones  alejadas de la realidad, cuando no sesgadas por  el corretaje de mi vehemencia o por la literatura.  Alguien dijo que te sientes de un lugar cuando dejas de escribir sobre el.

Me voy “leyendo la cartilla”, pero las mas veces el apresuramiento que contraje en la ciudad aún  me confunde y me convierte en un charlatán.  (La ciudad es una madre vieja que amamanta a una progenie insaciable.)  Abuso de la palabra.

En tiempos en que todo se exhibe, de deslealtad e impostura, un espacio virtual  corre peligro de convertirse en un burdo sicario de la publicidad y el proselitismo.

Afortunadamente el día no da tregua para sentirse solo.  La transformación aún no se ha completado.   Salgo de la noche cerrada abandonando una oscura bruma. Y cada día es una nueva tentativa.

Esta vida imposible es lo realmente serio, como la madre del rio cercano, como “el  lecho que ocupa el agua en sus crecientes  regulares”; aunque se sale de su álveo natural con frecuencia, siempre vuelve a su “manso rüido”.

¡Cómo el esplendor de la naturaleza realza la sencillez dela vida!  La clave del rito de paso está en la cotidianeidad y ésta no tiene interés ninguno para los demás.

El tiempo me  acuna  hasta una lasitud imperceptible aún. El tiempo me adopta sin recelo, pero es primerizo conmigo y me pierde entre sus miembros difusos y angulosos.   Salud.

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