El flan de Proust.

Mi “magdalena de Proust” es el flan de mi madre.

He  reunido algo más de dos docenas de huevos.   Con cierta añoranza, he recordado  los flanes de doce huevos que hacía mi madre en casa  y la voracidad frenética, obscena, con la que mis hermanos, mi padre y yo abordábamos tan suculento postre.   Vuelto sobre una bandeja de peltre y ofreciendo el tostado y chorreante caramelo comenzábamos cada uno por un lado hasta que le dábamos fin.

Los matices y aromas que se agolpaban en tan especial “cuajado” de huevo, leche y caramelo acabaron fijados en mi memoria sensorial.  Únicamente había que apretar la lengua contra el paladar y encontrar las burbujas resultantes de la ebullición y saborear la  textura tan delicada que procuraban  los huevos frescos.

En muchas ocasiones asistía al oficio culinario.  Qué sabiduría y qué gusto por las cosas bien hechas.  Permanecía muy atento a  los recipientes, a la elaboración pautada y limpia, a los utensilios o a los misterios de la química, esperando que mi madre me ofreciera la cuchara de madera con la que había tostado el azúcar en el molde.   Ese breve garrapiñado era el mejor caramelo que conocí durante mucho tiempo.

Batía los huevos con el azúcar o ponía a calentar agua en un perol para cuajar el flan,  mientras me pedía que rallara el limón para aromatizar.  Encontrarse, luego, todos los ingredientes en la boca  o la trabazón de aroma y color resultaba siempre sorprendente.  La viruta del limón se depositaba en el fondo al cocinarse y se ofrecía dorado en la mesa, con el caramelo  en primer término.   Los días de celebraciones y para colmo de sofisticación coronaba  el flan con helado  y fruta en almíbar, o fresas.

    Pantalón corto, , colección de cromos,  de chapas o  las canicas, los  juegos,  los amigos, las disputas, la vaquería en ruinas cercana, las series de televisión, el aroma dulce de lapiceros, cuadernos y borradores, la salida desesperada del colegio, días de verano, días de invierno, los zapatos nuevos, el cine a las cuatro, los pimientos fritos, los cartuchos de pipas, el regaliz, las acacias del barrio, los baños en el barreño galvanizado, el delantal colgado detrás de la puerta, el estropajo y la piedra pómez, el tren, el Renault 8, los perros y los pájaros, los campos de cereales cercanos, el fútbol en las eras, los charcos después de la tormenta, la cena de navidad, los helados de los valencianos, la cartera del colegio, el patio de mi abuela y los geranios, el trabajo de mi padre, la zurcidora, la lumbre en la calle,  la carretera del cementerio, las huertas  junto a la carretera nacional abandonadas, la taba, la navaja con mango de crucifijo, el hombre  que vendía queso y miel, los edificios en construcción, el afilador, la tienda de ultramarinos, las milhojas de la panadería de mis primas, los chatarreros, las vecinas sentadas al sol del invierno, el pan con chocolate, el espejo del baño,  la leche condensada, las noches de verano en la terraza, los libros, el flan… Saudade.

El que he preparado para conjurar la nostalgia me lo he comido con fresas del huerto, ligeramente ácidas. Siete huevos han sustentado el proyecto.  Me ha costado separar seis yemas de unas claras densas, compactas, que he apartado  y las he mezclado con otro huevo entero, siete cucharadas de panela, una onza de chocolate y la ralladura de medio limón.  María, mi vecina, me dice que podemos hacer uno con leche de cabra y queso fresco.  Sin comentarios.

Del resultado sólo queda la foto que os adjunto.  Lo siento.  Salud.


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2 respuestas a El flan de Proust.

  1. soulportrait dijo:

    Qué blog, que arte del lenguaje y la poesía. Me encanta, ya me he suscrito y te he añadido en mi lista de enlaces.

    • Paracelso dijo:

      De gallinas y de la huerta entiendo poco. Voy aprendiendo mientras observo todo lo que me rodea. Se trata,en todos los casos, de aprender a mirar y ponerlo en un papel o en un espacio virtual. Gracias y salud.

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