La calle abierta.

No sirve de nada. Es imposible captar esa luz en la mañana al paso de las nubes en este camino vecinal cerrado por la vegetación desde hace ya años. Los juegos del verde húmedo y la luminosidad mercurial del amanecer, filtrada por los brotes de los robles, te trasladan a la realidad de un cuento infantil.

No sé hacer la fotografía. Es un momento singular.

No parece posible abrirse paso. Empiezo a cortar y a partir ramas, a pisar tiernas canillas de ortiga mayor. Zarzas acorchadas que se deshacen entre las manos,  duros vástagos de olmo, trepadoras prendidas en el agua que se ahílan buscando el sol.

El regato que trazó el camino entre los prados encenaga a tramos el suelo y voy colocando vegetales en descomposición para no calarme los pies.

Se pueden recuperar más calles. ¿Serviría de algo? Apenas cinco casas mantienen ganado. Quieren volver a transitarlo para evitar salir a los pastizales altos por la carretera. Las vacas y sus terneros se ocuparán de consolidarlo.

Puedo presentar una mala fotocopia de donde estoy. No sé tampoco dibujarlo. Lo escribo pero queda fijado para siempre en la memoria. Un efecto inesperado. La tregua dura poco; ya nada será lo mismo dentro de un instante.

¿Qué hago yo aquí? ¿Es más trascendente construir un edificio, fijar la rueda a un vehículo o atender a un enfermo, que limpiar un camino que la naturaleza volverá a sellar en breve?

El trabajo es cruel dónde esté. No importa su cualidad: hemos creído que nos dignifica y que da sentido al afán de ganar dinero; pero ya no sé estar ocioso.

Ya no puedo fijar los matices. Hoy es éste el color de ésta hora. La estructura del ramaje y las paredes de piedra se vislumbran por el color.

Los guantes se han empapado. Los pigmentos chocan, retornan y se fugan o se fragmentan.

Voy abriendo heridas en el túnel vegetal. Hoy sí se puede poner en la historia un final feliz.

La huella que voy trazando es oscura.  Aparece la tierra húmeda. Esto se volverá a perder en breve, repito, pero estoy contento porque se modifican los procesos mentales agarrotados.

Un punto de fuga inusitado que planifica un nuevo y fresco escenario. Una nueva apariencia de la vida ¿Llueve? Pequeñas partículas golpeando mi cabeza y la maraña vegetal; se descomponen en fragmentos aún más pequeños y los dispersa la brisa. Otros velos se van pegando a la ropa, a la madera, a los musgos. Limos de color esmeralda engrasan las ramas más ocultas enroscadas a otras ramas. El entretejido es acogedor.

La tenacidad necesaria para abrirse paso me hace pensar en que no todo es inútil. La esperanza.

Un bosquecillo galería delimitado por muros verdes y las llamadas de las aves. Mis pies como las raíces en el agua se hunden fácilmente.

Es imprescindible apreciar el olor procedente de los procesos químicos que precipita la lluvia al contacto con la tierra y la vegetación en descomposición. Lo llaman petricor.

Aquí ando refugiado de mi propio futuro. Salud.

“Cuánto de lo que percibimos es una especie de alivio”
A. Michaels
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