Las barradas empiezan a poner.

Las retamas, que  proliferan donde antes se sembraban cereales entre las encinas,  son estallidos limonados estos días y  el cantueso pintorrojea el monte de vivos moratones.

Ayer fue otro buen día. Al llegar de la huerta después de una tarde cubierta por las nubes, pero con una temperatura extraordinaria para trabajar, entré en el gallinero para comprobar si había algún huevo más.  Federica, la gallina enana, viene poniendo huevos desde hace diez semanas en días alternos. Ha ido cambiando de nidal a capricho. Le dejo un huevo de muestra siempre.  El último en un rincón entre los sacos de viruta de madera  y una rueda de carro que tengo guardada para hacer una mesa.

Después de todo el trabajo que he dedicado a preparar nidales de variada índole y condición (con escamoteo, en  cestos, de madera, con las medidas canónicas, en rincones más apartados, en el suelo, elevados, de colores, con calefacción central y baño alicatado hasta el techo…) ponen  donde les da la gana. Efectivamente hay muchas y esto no ha hecho más que empezar.

El caso es que  me he encontrado con tres huevos, de modo que alguna de las barradas ha empezado a poner donde ya ponía la otra.   Es pequeño,  como el de la Kika, pero tiene una forma más ovalada y ligeramente más tostado.

Sigo observando a las aves (después de las dudas que me planteó un bloggero amigo al observar la posibilidad de que les hubieran  cortado el pico). Lla característica que más podía desentonar respecto  del  patrón que propone la Asociación de cría de Pedresas es  la orejilla, que debe ser de un rojo intenso.  Por ahora la tienen.  De todas maneras, como describen variedades de color  -barrada cuclillo o nevada-  y está el tema del cruce con la Plymouth  Rock, en espera de si desde la asociación me pueden aclarar algo más, voy a empezar a llamarlas genéricamente barradas.  Y así no peco.

Otra cosa es que encontrara algún gallo con mejores características e intentara,  más que mejorar, modificar en el futuro su patrón.  Creo que ya he dejado claro en otra ocasión que los patrones que más me interesan, aparte de los puramente estéticos, son la calidad de los huevos,  o incluso el carácter montaraz.

Es curioso que tengan comportamientos tan distintos respecto de las castellanas.  Por ejemplo éstas se encaraman en  lo más alto del gallinero para dormir, a casi dos metros y medio de altura, mientras las barradas duermen todas amontonadas en el suelo como un gran ovillo de lana jaspeada.  Esta circunstancia está relacionada claramente con el grado de rusticidad y ligereza de las castellanas, que buscan protección en la altura.  Es una gozada verlas planear hasta el plato de patatas con cebada molida que les pongo cada mañana.

   El campo es el  mejor personaje del relato, el más solícito si cabe.  El sol,  las nubes,  la temperatura;  siempre en construcción  y zanqueando  entre la imaginación de los que lo observan y la objetividad de la intemperie.

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